¿El desafío de la vida adulta en el espectro autista
Al conmemorar el Día de Concienciación sobre el Autismo, este 2 de abril, es inevitable reconocer el camino recorrido. Hoy vemos a más estudiantes en el espectro autista participando en aulas y experiencias educativas junto a sus pares. Las escuelas han avanzado en abrir espacios, implementar apoyos y reconocer que la diversidad es parte natural de toda comunidad educativa.
Nada de esto ha ocurrido por casualidad. Es resultado del trabajo de docentes, profesionales, las propias personas en el espectro y sus familias que han impulsado cambios para garantizar el derecho a la educación. Gracias a ese esfuerzo, hoy miles de estudiantes pueden aprender, convivir y crecer dentro del sistema escolar.
¿Y después de la escuela qué? El desafío de la vida adulta en el espectro autista
Sin embargo, ¿qué ocurre social, laboral y educacionalmente, después de la escuela?
Para muchas personas en el espectro autista, el camino que parecía abrirse durante la etapa escolar vuelve a estrecharse cuando aparece el mundo adulto. La inclusión que hemos logrado construir en la infancia y la adolescencia no siempre logra sostenerse en los espacios laborales, en la educación superior o en la vida comunitaria.
Parte de esta dificultad tiene que ver con cómo nuestra sociedad entiende la productividad y el valor de las personas en la vida adulta. En la niñez, solemos aceptar que cada estudiante aprende de manera distinta y requiere apoyos diversos. Sin embargo, en la adultez se espera que todos respondan a los mismos parámetros: rapidez, eficiencia inmediata, estilos de comunicación normativos o habilidades sociales estandarizadas.
A esto se suma otro desafío que también debemos mirar: la educación que entregamos no siempre prepara para la vida adulta. Con frecuencia sigue siendo excesivamente académica, parcelada y desconectada de las competencias necesarias para participar activamente en la comunidad, en el trabajo o en proyectos de vida autónomos. Si no pensamos las trayectorias educativas de manera integral, desde la infancia hasta la vida adulta, corremos el riesgo de construir procesos escolares inclusivos que luego no encuentran continuidad fuera de la escuela.
Por eso, la inclusión no puede seguir siendo entendida únicamente como una tarea del sistema educativo. El desafío que tenemos por delante involucra a toda la sociedad, legisladores que diseñen políticas públicas, instituciones de educación superior que generen apoyos reales, empresas que abran oportunidades laborales inclusivas y comunidades que dejen de entender la diversidad como una excepción, para asumirla como parte natural de la condición humana.
Durante años, docentes, familias y comunidades han trabajado para abrir las puertas de la inclusión en las escuelas. Hoy, miles de estudiantes en el espectro han logrado cruzarlas. El desafío que comienza ahora es asegurar que esas puertas no se cierren en la vida adulta, y que detrás de ellas existan oportunidades reales para estudiar, trabajar y participar plenamente en la sociedad.
El camino hacia una inclusión plena aún se está construyendo. Y quizá el mayor desafío que tenemos por delante es comprender que la inclusión no puede ser solo una experiencia que ocurre dentro de una sala de clases. Debe ser un proyecto social que acompañe a las personas a lo largo de toda su vida. Porque cuando una sociedad comprende que la diversidad es la norma, no solo abre oportunidades para algunos, sino que se vuelve una sociedad más humana para todos.
Exequiel Coñoman Rojas
Docente líder de Inclusión, Escuela de Educación Instituto Iplacex.